«Los compadritos» de Tito Cossa en la mística resistencia del Teatro Payró
Los compadritos se representó por primera vez en 1985, el mismo año del Juicio a las Juntas militares. Roberto Tito Cossa también había escrito bajo la censura y fue impulsor de Teatro Abierto en resistencia a la dictadura. Ya para el tiempo en que escribió esta obra, se podía actuar y hablar sin la amenaza de la represión. La potente metáfora acunada para sortear los tiempos del terrorismo de estado, hacia esta época se expresaba con mayor libertad, ritmo y movimiento. Guardando una valiosa experiencia en su estética y sus sentidos: esas que trascienden las décadas y llegan totalmente vivas a nuestro aquí y ahora, si encuentran artistas a la altura de su evocación.
El Teatro Payró -nacido en la década del ’50 como Teatro de Los Independientes- también fue protagonista la resistencia del arte teatral durante los tiempos de la reacción. Desde 1976 hasta 1983, a pesar de la prohibición de varias obras, la programación no se cortó. Desde el primer momento, este espacio fue laboratorio y expresión de una fuerza poética contestataria que engañó la censura y mantuvo vivo al teatro argentino. Hoy, ante un nuevo ataque en regla a la cultura y al teatro, por la vía del ahogo a su fomento público, el Payró resiste sus puertas abiertas para acercar un teatro de calidad y a precios accesibles: sostenido por el puro amor al arte de sus artistas y gestores, Diego Kogan y Gabriel Cabrera, entre otros.
Una nueva puesta de Los compadritos, se representa los domingos a las 19 hs en el Teatro Payró. Ahora dirigida por Mariano Cossa, hijo del dramaturgo. Siete artistas en escena la sostienen y reactualizan, a puro ritmo y carcajada. El espectáculo es un verdadero «anti-domingo» que cachetea la pálida previa al lunes, te hace estallar de risa y te mueve a reflexiones que atraviesan la realidad actual.
Tito Cossa escribe Los compadritos después de enterarse que los sobrevivientes del acorazado nazi Graff Spee, hundido en 1939 en el Río de la Plata, se juntaban en Villa General Belgrano (Córdoba) todos los años a conmemorar el hecho.
De ahí surge la idea de este sainete político que transcurre en un puesto de chorizos sobre la ribera del partido de Quilmes. La trama bonaerense de una familia comerciante en ruinas, se vincula con la suerte de un joven soldado alemán, sobreviviente del Graff Spee que llega hasta las costas quilmeñas por obra y gracia de un salvavidas circular. Lo inusitado se vuelve familiar en cuanto el marino queda prácticamente capturado como siervo del establecimiento. Y luego, a fuerza de otras peripecias de ribetes desopilantes, esta familia «pequeño burguesa» termina aliada a un grupo de conspiración en favor de la Alemania nazi. El absurdo es total; pero a la vez deja planteada la duda: ¿es tal insólito como parece?
La entrada del actor Alexei Samek -que encarna al joven nazi sobreviviente al naufragio- anticipa un despliegue de acción física que va atravesar toda la obra. La frase de Mauricio Kartun, «vamos al teatro a ver lo que puede un cuerpo», se reactualiza en esta puesta. El dúo con Samanta Clachcovsky -quien representa una joven apasionada con el baile y la libertad, fanática de la bailarina «bolchevique» Isadora Duncan– es fresco y bien cómico.
El actor Matías Alarcon y la actriz Déborah Fideleff logran una estética de estereotipos bonaerenses que parece atravesar todo el siglo y llegar intacta hasta el día de hoy. Son la pareja dueña del negocio, sobrevivientes de la ruina económica y de su propio matrimonio. La mujer, recuerda a cualquier madre, abuela o bisabuela, con su eterno rezongo, con sus artes de la culpa y esa inteligencia cultivada en la opresión capaz de hacer valer su voluntad a pesar del dominio masculino. El hombre -un tano agallegado- remite al pequeño comerciante, siempre en busca de transformar cualquier oportunidad en un negocio: «¿dónde está la plata?», es su mantra personal.
El oportunismo en forma de artimañas para conseguir pequeños sueños mundanos, es una cualidad que cruza las decisiones y acciones de todos los personajes. Quizás como gran tema humano, como antítesis al heroísmo colectivo y a la solidaridad, en tiempos de grandes crisis y guerras imperialistas. Tiempos que hoy parecen ceñir su sombra desde el pasado.
Por su parte, el actor Gustavo Rey construye a un general nazi enceguecido ante la perspectiva de la implantación del Tercer Reich en Latinoamérica. El tradicional cocoliche y lunfardo de los sainetes y grotescos criollos, incorpora en esta puesta un tono rioplatense alemanado de glotis cortante y militar. El efecto cómico no falla. El actor Jorge García Marino representa un contrapunto intelectual tanto a la brutalidad militar, como a la comerciante: crea un personaje de cadencia calma y temple aguda, con un relato atrapante y ritmo preciso. Recuerda tiempos donde la derecha tenía alguna retórica culta, alguna épica nacionalista, algún pensamiento propio: alguno.
Por último y quizás el más importante, está el personaje del compadrito. El actor Juan Manuel Romero empilcha un porteño guapo y con estilo de arrabal. Este personaje calza los valores del varón del siglo XX, con su dulce nostalgia y su pose aguerrida, ante los reveses de la vida, cantando vale cuatro. Con una autonomía soberana y a la vez individual. Tito Cossa no da puntada sin hilo: este personaje que aparece casi como secundario, atraviesa de sentidos la trama y juega en momentos decisivos.
La obra es profundamente histórica, detrás de eventos que parecen ridículos pasan los años y los regímenes también en Argentina; parece que para el autor nada de la trama queda librado al azar. ¿Será la búsqueda de nuestro huevo de la serpiente?
La carga política es fuerte en lo simbólico y lo reflexivo, pero para nada panfletaria y totalmente gentil con un público que no quisiera ahondar demasiado en la gran tragedia humana del siglo XX. En Los compadritos -como en tantas obras del género nacional- la «tragedia humana» se actúa en sainete, con algunos cuadros grotescos que recuerdan que, a pesar de todo y desde el fondo del fondo, siempre se puede patalear para salir a flote.
Conocer este obrón de Tito Cossa (o revivirlo en esta puesta), con la dirección de su hijo Mariano Cossa, en el cuerpo de este elenco y en el emblemático Teatro Payró, es una experiencia cultural invaluable.